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Andrés Allamand: “Cooperar para influir: el papel de Iberoamérica en un orden internacional en transformación”

Más que una opción política, la cooperación es una necesidad estratégica para América Latina frente a desafíos que ningún país puede afrontar solo

Ante un escenario internacional fragmentado, el debilitamiento del multilateralismo y la reconfiguración acelerada de los equilibrios de poder, los países iberoamericanos enfrentan un desafío estructural: o refuerzan su capacidad de cooperación y acción conjunta, o quedarán progresivamente relegados a un papel marginal en la gobernanza global. Ya lo señalaba en Davos hace unos días Mark Carney, primer ministro de Canadá: “Los países que son poderes medios deben actuar unidos: si no están en la mesa, están en el menú”. Esta contundente aseveración es válida para muchos, y por supuesto también para Iberoamérica. Hay que asumir con realismo que existen importantes diferencias políticas e ideológicas respecto de Ucrania, Gaza e incluso de los acontecimientos recientes en Venezuela. Pero ello, no puede significar inmovilismo.

La cooperación, más que una opción política, es una necesidad estratégica. Para América Latina, cooperar no es un lujo ni una consigna retórica: es la única vía realista para enfrentar desafíos que ningún país puede resolver por sí solo. El avance del cambio climático (en el que America Latina es víctima de una paradoja: no es “culpable” ya que su contribución al mismo es baja, pero es víctima ya que sus efectos la golpean con gran intensidad); la migración irregular desbordada; la amenaza de una IA que “piensa” sólo en inglés; o la necesidad de crecer (en los últimos 50 años, salvo unos pocos que se cuentan con los dedos de la mano, la región creció menos que el mundo).

Cooperar pese a las diferencias

Cooperar no significa desconocer las diferencias políticas e ideológicas que existen dentro de Iberoamérica, que son reales y, en algunos casos, profundas. Sin embargo, asumir esas divergencias con realismo no puede traducirse en parálisis. Porque la unidad no exige uniformidad, sino la capacidad de separar, cuando sea necesario, la política de la cooperación para que esa política no se convierta en un obstáculo.

Y eso es lo que hacemos en Iberoamérica, donde, por ejemplo, los 22 países, junto con la Secretaría, trabajan en la implementación de la Carta de Derechos Digitales. Demostramos que se puede cooperar en ámbitos estratégicos aun en contextos de desacuerdo político. Este tipo de cooperación práctica fortalece la región y amplía su capacidad de incidencia internacional.

De la cooperación a la influencia global

Una cooperación regional más sólida no es un fin en sí mismo, sino un medio para ganar influencia en un sistema internacional cada vez más competitivo. En este punto, la próxima elección del Secretario o Secretaria General de Naciones Unidas adquiere una relevancia particular.

La elección que se avecina —probablemente la más importante desde la fundación de la ONU en 1945— coincide con un diagnóstico ampliamente compartido: el sistema multilateral necesita una reforma rápida y profunda. No hay tiempo para ajustes superficiales. Sin una transformación integral, Naciones Unidas corre el riesgo de deslizarse hacia una irrelevancia creciente frente a los grandes desafíos globales.

Y en ese sentido, Iberoamérica cuenta hoy con una oportunidad excepcional para contribuir a esa reforma desde una posición de liderazgo. La región presenta tres candidaturas de alto nivel y reconocimiento internacional: Michelle Bachelet, Rebeca Grynspan y Rafael Grossi (por orden alfabético). Con perfiles distintos, las tres coinciden en la urgencia de renovar la ONU para adaptarla a un mundo radicalmente distinto al de mediados del siglo XX.

Una oportunidad histórica para la región

A esta coyuntura se suma un elemento político clave: el criterio de rotación geográfica. En ochenta años de historia, la Secretaría General de Naciones Unidas solo ha sido ocupada una vez por una persona de América Latina y el Caribe, entre 1982 y 1991. El desequilibrio es evidente y ampliamente reconocido.

Conscientes de ello, los países iberoamericanos, de nuevo juntos y por consenso, aprobaron el 24 de noviembre de 2025 una declaración en la que se comprometen a apoyar que “una persona nacional de un Estado de América Latina y el Caribe ocupe la Secretaría de la Organización de las Naciones Unidas” y a que el posicionamiento iberoamericano “sea debidamente considerado” en el proceso de elección.

Si Iberoamérica actúa de manera cohesionada, su influencia puede ser decisiva. La historia lo demuestra. En 1945, la región desempeñó un papel central en la creación de Naciones Unidas. De los 51 Estados fundadores, 19 —casi el 40 %— eran países latinoamericanos de habla española y portuguesa. Gracias a esa presencia, principios fundamentales como la igualdad jurídica de los Estados, la prohibición del uso de la fuerza, el respeto al derecho internacional, la solución pacífica de las controversias y la centralidad de los derechos humanos quedaron consagrados en la Carta.

Recuperar hoy ese espíritu de cooperación no es solo una cuestión de memoria histórica, sino una necesidad estratégica.

Cooperar para influir: esa es la clave para que Iberoamérica vuelva a ser un actor relevante en la definición del orden internacional del siglo XXI.